Relato: El encuentro

La semana pasada planteé un reto para escritores, que puedes ver en esta entrada. A continuación, puedes leer el relato que ha surgido de ese reto. Espero que lo disfrutes. 

El encuentro

—¡Esto es increíble, Mike! ¡Jamás había visto nada igual!

Raúl Philibert caminó con cuidado por la extraña superficie acuosa que le llegaba hasta los tobillos. A través del exotraje, notaba como sus pies se hundían levemente en algo parecido al cieno, pero cada vez que daba un paso y despegaba un pie del suelo, algún tipo de reacción fotoquímica en la sustancia que estaba pisando hacía que se iluminara un círculo alrededor del hueco que había dejado. Aquella tenue luz le ayudaba a saber por dónde ponía los pies, pues solo contaba con los focos frontales de su exotraje para guiarse por la casi total oscuridad de aquel planeta enano.

—Raúl, deja de portarte como un crío en su fiesta de cumpleaños y cíñete al plan fijado —su compañero, Mike Cafarelli, no ocultaba su impaciencia en absoluto.

—¡Mike, no seas aguafiestas! ¿Cuántas veces tengo la oportunidad de ser el primero en pisar un nuevo mundo?

—Solo te estoy diciendo que no hagas el tonto —contestó a través del canal de hiperonda—. Has salido a tomar muestras y reconocer el terreno, no a una excursión de ocio.

—Reconócelo, estás molesto porque tú estás dentro de la lanzadera y yo estoy fuera, explorando este fascinante nuevo mundo.

—La palaba que usaría no es “molesto” aunque lo estoy, pero conmigo por dejarme engañar.

—¡Oye, que yo no te he engañado! Solo dije que no me parecía justo que fuera siempre el legionario de mayor experiencia el que hace el primer reconocimiento de un planeta inexplorado —Raúl selló el frasco con el que había tomado muestras del líquido de la superficie y lo guardó en un compartimento de su mochila—. Si siguiéramos esa regla, nunca podría salir el primero.

—Ya lo sabías cuando montaste en la lanzadera. Tengo más experiencia que tú.

—Te licenciaste de la Academia de la Legión un año antes ¿y qué? No es mi culpa que seas mayor que yo. Y si nos ponemos estrictos, yo tengo más experiencia que tú a bordo del Sagitario. No llevas ni nueve meses y yo ya he cumplido un ciclo de dos años.

—Está bien, está bien. Ya veo que no te bastaba con un “Gracias por cederme tu puesto, Mike”. ¿No puedes dejarlo estar por una vez y no tener siempre la última palabra?

Raúl dejó de caminar y miró hacia la lanzadera que los había transportado hasta el planeta, una cosmonave rectangular de unos diez metros de lado, posada sobre la superficie acuosa del planeta. Una sonrisa burlona apareció en su rostro, aunque su compañero no podía verle.

—Gracias por cederme tu puesto, Mike.

—No hay de qué, Raúl. ¿Ahora podemos concentrarnos en nuestro trabajo? Los sensores indican que cincuenta metros delante de ti termina el terreno sólido. Acércate, puede que sea un lago o algo parecido.

—A sus órdenes, jefe.

Raúl comenzó a caminar en la dirección indicada, asegurándose de que el terreno era firme antes de posar el pie. A su espalda, los focos de la lanzadera iluminaban el terreno circundante, posiblemente por primera vez desde la formación del planeta, pues la enana marrón sobre la que orbitaba apenas emitía una mínima fracción de la luz y el calor generados por una estrella de la secuencia principal, manteniendo aquel mundo en una oscuridad eterna.

Los dos hombres formaban parte de la tripulación de la cosmonave de la Legión Sagitario, como parte de su dotación científica. Durante un viaje a velocidad subluz, los sensores de largo alcance de la nave habían detectado un sistema estelar compuesto por una enana marrón y tres planetas enanos. Dado que el Sagitario debía completar su misión de transporte de suministros médicos en un tiempo fijado, el comandante de la cosmonave decidió que una lanzadera con dos legionarios estudiaría el sistema durante los diez días que tardarían en concluir el transporte, y ellos fueron los elegidos.

Tras examinar desde el Sagitario los diferentes cuerpos estelares del sistema, Raúl y Mike habían decidido comenzar por el tercero de ellos, que denominaron simplemente Tercero. Era el más grande de los planetas que orbitaban la enana marrón y sus instrumentos habían detectado líquido en la superficie; dadas las bajas temperaturas del planeta, la presencia a nivel de suelo de agua, o cualquier otro líquido, era un misterio que merecía la pena intentar resolver.

Eligieron para aterrizar una pequeña colina rodeada de aquel elemento hasta donde alcanzaban los focos de la lanzadera. No era agua, sino un líquido viscoso, como una gelatina muy blanda. El peculiar efecto de luz cada vez que levantaba los pies era otro misterio, pero le había resultado muy útil para moverse en la cuasi oscuridad del planeta. En la lanzadera habría tiempo para analizar las muestras y buscar respuestas; lo más probable es que aquella sustancia fuera algún gas mantenido en estado líquido por el frío helador y la luz en el suelo podía deberse a algún tipo de microorganismo luminiscente. Raúl se emocionó. ¡Sería una nueva forma de vida descubierta por él!

—¡Raúl! ¡Cuidado!

La llamada de Mike interrumpió sus ensoñaciones y le hizo volver al mundo real.

—¿Qué pasa?

—¿Cómo que qué pasa? Estabas caminando directo al final del terreno sólido. ¡Un paso más y caerás en… en lo que sea eso!

Raúl examinó el suelo. Durante todo el camino había estado mirando hacia delante, confiando en que hubiera algún tipo de cambio en el terreno cuándo llegará a su término. Pero a sus ojos no había ningún cambio. La misma superficie oscura cubierta por unos diez centímetros de aquel líquido se extendía hasta donde alcanzaba la luz de su exotraje.

—Gracias por el aviso, Mike. Sobre el terreno, no hay ninguna diferencia visual —Raúl se puso en cuclillas para poder examinar mejor la superficie.

—¿Ves por qué hace falta experiencia para salir a un mundo inexplorado…? —comenzó Mike.

—¿Y ahora quién está haciendo el tonto? —replicó— ¿Qué te indican los sensores, hasta dónde llega el terreno?

—Según mis instrumentos, ahora mismo estás asomándote al borde. Más allá no hay nada sólido, solo una gran extensión de ese líquido.

Raúl arrugó los ojos intentando conseguir algún tipo de confirmación visual de las lecturas de su compañero legionario. Pero por más que lo intentó, no pudo distinguir nada diferente en el suelo. Delante de él solo veía la misma superficie extraña que venía recorriendo desde que salió de la lanzadera.

—Visualmente no soy capaz de detectar ninguna diferencia, Mike. Igual las lecturas no son correctas.

—¿Me lo estás diciendo en serio? ¿Ahora también quieres pasar por encima de los sensores de la lanzadera?

—Oye, no te pongas así, solo intento ver todas las posibilidades.

Raúl escuchó el suspiro de su compañero a través del canal de hiperonda.

—Mira, creo que será mejor que demos por terminada esta salida. Has recogido suficientes muestras y tenemos mucho trabajo que hacer para analizarlas. ¿Puedes regresar, por favor, y así podremos comenzar?

Raúl apretó los labios sin apartar la vista del suelo, pensando en nuevos argumentos que justificaran extender la salida. Pero al final, la lógica de su compañero se impuso.

—Tienes razón, colega —dijo mientras se levantaba—. Con las muestras que llevo tenemos trabajo más que suficiente. Oye, perdona si he sonado un poco borde, no era mi intención ofenderte.

—Tranquilo, hombre. Yo tampoco he estado muy amable, así que estamos empatados. Ahora mueve el culo y regresa a la lanzadera. Voy montando el laboratorio mientras regresas.

—¡Hecho! Y saca un poco de fricarne también, que me ha entrado hambre…

De repente, Raúl notó como cedía el suelo. Sin nada a lo que agarrarse, cayó y se hundió en la extraña sustancia acuosa. Fue tan rápido que no le dio tiempo ni a gritar; era cómo deslizarse dando vueltas sin control por una pendiente nevada, en la que la gravedad te arrastra hacia abajo y no puedes evitarlo. Ya estaba sumergido por completo cuando fue capaz de hablar.

—¡¡Miiikeee!!

—¿Qué ocurre, por qué gritas?

—¡Me estoy hundiendo en esta cosa! ¡Me voy a ahogar!

—¿Pero qué…? ¿¡Qué has hecho, seguiste caminando?!

—¡Nada de eso! Estaba levantándome para volver a la lanzadera y el suelo cedió…

—Está bien, está bien… tengo tus lecturas… —Mike comenzó a hablar más despacio; de nada serviría poner más nervioso a Raúl—. Lo primero que tienes que hacer es tranquilizarte o vas a beberte todo el oxígeno del exotraje.

Raúl intentó relajarse y respirar más despacio, pero su corazón latía a mil. Con tantas vueltas mientras caía, había perdido toda noción de arriba y abajo y, aún peor, se encontraba en una completa oscuridad. Después de los primeros segundos en los que había rodado entre escombros, debía haberse alejado del terreno y ya no veía nada. Las luces de su exotraje desaparecían en aquel líquido sin chocar contra ninguna superficie. Sin poder evitarlo, comenzó a hiperventilar.

—¡No puedo, Mike! ¡Ayúdame!

—¡Claro que puedes! Cierra los ojos y tranquilízate. Tu exotraje está completamente cargado y puedes sobrevivir en ese líquido durante horas. Voy a salir a rescatarte, pero tienes que hacer tu parte. Lo peor que puedes hacer es perder los nervios y lo sabes.

Respirando hondo, Raúl se calmó. Su corazón todavía latía más deprisa de lo normal y estaba sudando, pero ya se le había pasado la ansiedad y podía pensar con claridad de nuevo.

—Gracias, colega, me siento mejor ahora.

—Cojonudo, ahora podremos ocuparnos de rescatarte. Cuéntame qué es lo que ves.

—No veo nada —movió la cabeza, dirigiendo las luces frontales de su exotraje a izquierda y derecha—. Este líquido es espeso y no tengo nada delante. No sé siquiera si sigo dando vueltas o lo hondo que estoy, no tengo referencia ninguna.

—Jooder… tienes que estabilizarte cuanto antes. Has de dejar de girar y nadar hacia arriba como puedas.

—¿Y cómo lo hago?

—¡No lo sé! Bastante estoy haciendo intentando pensar cómo rescatarte. Voy a coger la cuerda de fibra y buscaremos el modo de hacerla llegar hasta ti; si lo conseguimos, puedo…

—La cuerda la tengo yo —interrumpió Raúl mordiéndose el labio.

—¿Y para qué te la llevas? ¡Solo ibas a por unas muestras, no a escalar una montaña!

—Quería estar preparado para cualquier cosa…

—¡Pues la has hecho buena! —el enfado de Mike era patente incluso a través de la transmisión de hiperonda— Mira, intenta estabilizarte mientras yo busco otra manera para alcanzarte. Quizá pueda usar la propia lanzadera…

Mike cortó la comunicación y Raúl no protestó, avergonzado por haberse llevado la cuerda. Pero no podía caer en la desesperación, tenía que pensar alguna manera de escapar así que, cómo solía hacer cada vez que se enfrentaba a un problema de difícil solución, comenzó a hablar solo.

—Mi problema ahora es que no sé si continúo girando o no, estoy desorientado. La caída me tiene que haber alejado del terreno solido en que estaba y por eso no veo nada con las luces de mi exotraje. Debía estar al pie de una especie de acantilado o algo parecido, porque si no, habría chocado ya contra alguna superficie sólida —curiosamente, según iba hablando y repasando lo que le había pasado, aumentaba su confianza y seguridad—. El líquido en el que me estoy hundiendo tiene que ser un gas licuado por las bajas temperaturas de este planeta….

En ese momento, se le ocurrió una idea. Levantó su antebrazo izquierdo y movió los dedos sobre el pad incorporado en la manga. Necesitaba obtener una lectura de la temperatura ambiente y los sensores del exotraje le darían esa información. Tras unos segundos, la cifra apareció en pantalla.

—178 grados bajo cero… quizá esta masa líquida sea metano entonces. En cualquier caso, es una buena noticia, porque como la temperatura de ebullición del oxígeno es mayor que 178 bajo cero, si expulso una pequeña cantidad, se formarán burbujas de gas que me indicarán dónde está arriba y así podré orientarme.

Raúl sonrió, satisfecho con el plan que había ideado. Puede que no fuera perfecto, pero tenía que intentar hacer algo, sentir que luchaba para solucionar aquella situación. Entonces se dio cuenta de un fallo básico: el exotraje no podía expulsar aire. No estaba diseñado para perder oxígeno, sino para mantener un ambiente propicio para la vida en toda circunstancia; y si había algún modo de hacerlo, Raúl no lo conocía. La frustración lo invadió, pero solo por un momento.

Había visto algo moverse.

Estaba seguro de que algo se había movido delante de él, una forma difusa en la lejanía de aquella nada líquida y oscura.

—¿Mike?

Su compañero no respondió y Raúl sintió un escalofrío a pesar de que aún estaba sudando dentro del exotraje. De repente, su único pensamiento era que iba a morir en aquel planeta olvidado y nadie podría encontrar su cadáver, hundido en un océano de gas líquido. No sabía qué era lo que había visto moverse, pero su imaginación ya dibujaba algún tipo de monstruo pavoroso acechando en la oscuridad para devorarle.

—No seas idiota —se dijo a sí mismo—. Es imposible. No puede haber vida aquí. Incluso si hubiera vida, sería incompatible con mi biología. Mi cuerpo sería un veneno para una criatura capaz de sobrevivir en este ambiente. Si existiese tal criatura. Que no existe. ¡¡Aaaaaahhhhh!! —gritó.

Ahora distinguía con más claridad lo que se había movido. En el límite de la zona iluminada por el exotraje, se encontraba una forma más grande que él, un ser albino con dos delgadas extremidades que terminaban en una superficie palmeada. Esos dos apéndices partían de un cuerpo rechoncho, rematado en algo similar a una aleta caudal que a su vez terminaba en lo que parecían… ¿raíces?

La criatura usó sus extremidades para acercarse lentamente hacia Raúl, cuyo susto inicial se había convertido en fascinación por lo desconocido. Aquellas “manos”, por usar una analogía, propulsaban al ser con un ritmo lento pero constante. Ahora que ya estaba más cerca, pudo ver que el cuerpo no terminaba en una cabeza al uso, sino en un manojo de delgados tentáculos, que se movían a cámara lenta cada vez que el ser se desplazaba. Raúl podía apreciar ahora los detalles del cuerpo y de su blanca piel, aunque piel no parecía una palabra adecuada para describir un material que a sus ojos parecía plástico. También distinguió unas protuberancias debajo de los tentáculos, que se contraían cada vez que la luz del exotraje se posaba sobre ellas. ¿Podrían ser los “ojos” de aquel ser? Si así era, debían estar evolucionados para adaptarse a la oscuridad eterna de aquel océano y serían incapaces de distinguir los colores, como la mayoría de razas abisales conocidas en la galaxia.

En cualquier caso, no parecía reaccionar a la presencia de Raúl, que se había quedado hipnotizado viendo a la criatura. Debía ser dos veces más grande que él y se acercaba dejándose llevar por el impulso generado cada vez que movía sus extremidades.

—Mike, no sé si me estás escuchando, pero tengo delante de mí a una criatura alienígena simplemente increíble…

Habló en voz baja, casi con reverencia. La criatura se había quedado inmóvil frente a él y había descendido medio metro, de forma que los tentáculos de la parte superior quedaban a la altura aproximada de su cabeza. Al tener aquella referencia, el legionario se dio cuenta de que no estaba girando en el gas líquido, sino que se sumergía lentamente, pues cada cierto tiempo, la criatura parecía ascender, pero con un movimiento de sus extremidades volvía a la misma posición. Aquel descubrimiento le dio confianza al saber ahora en qué dirección debía de nadar para salir de allí.

Probó a mover las piernas para mantenerse al mismo nivel y comprobó que, con un poco de esfuerzo, se mantenía en el mismo nivel. Aquel líquido debía ser menos denso que su cuerpo y por tanto Raúl se hundía. Tendría que nadar con fuerza para llegar a la superficie, pero por primera vez desde que cayó en aquel líquido, se sentía capaz de salir de aquella situación.

Y había descubierto una nueva especie alienígena.

Observó con más atención a la criatura, que oscilaba delante suyo, mecida por alguna corriente que Raúl no era capaz de percibir. ¿Debería tocarla? No recordaba ningún manual de la Legión que prohibiera tocar una especie recién descubierta, pero no creía que fuera una práctica aceptable. A pesar de ello, extendió la mano en dirección a aquel ser esperando algún tipo de reacción. La criatura ni se inmutó, así que supuso que no le percibía como una amenaza. Si así era, no corría ningún peligro, por lo que adelantó la mano. Estaba a punto de tocar la piel plástica…

—¡Raúl! ¡Contesta!

La comunicación repentina de su compañero hizo que se asustase, retirando la mano.

—¿Estás bien, Raúl? ¡Contesta!

—Sí, sí, estoy bien, y tú ¿dónde estabas? Llevo intentando comunicarme contigo un buen rato. ¿Por qué me has cortado?

—No te he cortado, la transmisión de hiperonda falló. Algo interfería con las comunicaciones, posiblemente algún estrato mineral que se interponía entre nosotros. Estoy en el mismo lugar dónde caíste, desde aquí sí podemos comunicarnos.

—Mike, tengo delante a un alienígena.

—¡No jodas! ¿Una forma de vida ahí abajo? ¿Pero cómo, en esas circunstancias tan extremas?

—La vida no necesita luz y en cuanto al calor, si el núcleo de este planeta está activo, puede que en las profundidades la temperatura sea más cálida. Piénsalo, el calor y la presión puede hacer que las condiciones en el fondo sean totalmente distintas a las capas superficiales. Se conocen especies termófilas en otros planetas ¿por qué no aquí?

—¿Y si es termófila porque ha subido a unas capas más frías?

—Ni idea, igual está desovando. En cualquier caso la tengo delante, quieta y tranquila, así que aquí hay vida. Quod erat demonstrandum.

—Muy bien, descubridor, me aseguraré de que lo pongan en tu lápida. ¿Recuerdas el pequeño detalle de tu rescate? Las lecturas de mi pad dicen que estás a 120 metros de profundidad; si sigues descendiendo, llegarás a un punto en el que la presión será mayor de la que puede soportar tu exotraje.

—No te preocupes, puedo nadar hacia arriba. La densidad de esta sopa de gases es menor que la mía, pero si he sido capaz de parar mi caída, podré nadar de vuelta.

—O sea que todo el trabajo que me he tomado para desmontar uno de los disipadores y poder utilizar el cable como gancho para pescarte no ha valido para nada. Simplemente, vas a nadar.

—Bueno… sí. Pero eso no significa que no te lo agradezca igual.

Mike permaneció en silencio unos segundos antes de contestar.

—Sube de una vez, maldito idiota. Es la última vez que pisas primero un planeta.

Raúl sonrió. A pesar de las palabras de su compañero, podía notar en su tono que estaba aliviado. Por suerte, la situación no había terminado siendo peligrosa; todo quedaría en un pequeño susto y en una aventura que contar cuando regresaran al Sagitario. Echó un último vistazo a la criatura alienígena, que seguía parada delante de él, con los tentáculos superiores moviéndose a izquierda y derecha. Esperaba que la cámara frontal de su exotraje estuviera captando todos los detalles; tendrían que hacer un informe exhaustivo del descubrimiento. Se despidió en silencio de aquel ser y comenzó a nadar en dirección a la superficie.

De repente, notó como el alienígena agarraba su pie derecho. La mano palmeada de aquella extremidad envolvía por completo el pie hasta el tobillo, impidiendo que Raúl pudiera nadar y manteniéndolo al mismo nivel en el que se encontraban desde hace rato.

—¡Me ha cogido, Mike!

—¿Qué has hecho? ¿La has atacado, la has molestado de alguna manera?

—No he hecho nada, tan solo comencé a nadar hacia arriba.

—¿Estás seguro, Raúl?

—¡Por supuesto que estoy seguro! —gritó, presa de los nervios— ¿Crees que tengo interés en que me ataque?

—Vale, vale, cálmate. Si antes estaba tranquila, tiene que haber pasado algo para que te haya agarrado.

—Lo único que he hecho ha sido nadar hacia arriba —Raúl abrió los ojos, presa de una súbita inspiración—… ¡Claro! Si es una criatura del fondo, para ella subir a la superficie debe ser una muerte segura. ¡Está intentando protegerme! Piensa, Mike, durante todos estos minutos que estaba hundiéndome o cuando me he mantenido en este nivel no ha hecho nada, pero en cuanto he intentado subir me ha agarrado y me retiene aquí. ¡Tiene que ser eso!

—Es una teoría estúpida tan buena como cualquier otra. El problema es que necesitas que te suelte, no puedes quedarte ahí para siempre. El exotraje terminará agotando su carga tarde o temprano; aún peor, si esa cosa lo rompe intentando protegerte cómo has dicho, estás muerto.

—Voy a probar una cosa.

Raúl dejo de nadar en dirección a la superficie y de forcejear. Al instante la presión de la criatura disminuyó, y cuando relajó el cuerpo y se dejó hundir, lo soltó.

—Tenía razón. En cuanto he dejado de resistirme y he descendido un poco, me ha dejado libre.

—Estupendo, genio, ahora solo tienes que buscar la forma de que te deje marchar. Vas a tener que distraerlo de alguna manera o intentar comunicarte. Yo no puedo hacer nada desde aquí arriba.

—Ya lo sé… déjame pensar un poco ¿vale?

—No te entretengas mucho pensando, colega, no sea que esa cosa decida que eres comestible.

—Gracias por esas palabras de ánimo, es justo lo que necesitaba… ¡Joder, me está tocando!

La criatura había extendido su “mano” hacia él y estaba pasándola por el casco del exotraje. Raúl pudo ver con detalle la estructura ósea, y cómo la piel plástica del ser era en realidad una tupida malla de microescamas, que relucían con tonos marfil al recibir la luz de cerca. El sonido que produjo al deslizarse por el polividrio de la placa frontal le recordó a una bayeta mojada sobre cristal. Repitió el mismo acto dos veces, cada vez con más insistencia, dando la impresión de querer arrancar el casco. Igual no quería protegerlo, igual solo quería que su comida no escapara. Raúl decidió no perder ni un minuto más. Tenía que escapar.

En aquel momento no tenía miedo, simplemente tenía la seguridad de que o hacía algo ya o moriría, así que actuó casi sin pensar. Se desabrochó la mochila donde guardaba las raciones de emergencia, las muestras, la cuerda y algunas herramientas, y la sostuvo frente a él. La “mano” seguía tapando su visión, así que la lanzó hacia el lugar donde pensaba que estaba aquel ser. Más ligero de peso, retrocedió con una brazada y comenzó a nadar hacia arriba con todas sus fuerzas, espoleado por la adrenalina.

Cuando hubo nadado unos cuantos segundos arriesgó una mirada abajo. La criatura no lo seguía, de hecho parecía estar descendiendo, en persecución de la mochila. Tenía razón, aquella cosa no debía ser más inteligente que un animal y había partido en pos de la presa más fácil. O al menos, de aquello que se dirigía a las regiones donde estaba más cómoda.

—¡He conseguido librarme de él, Mike! Espera a que te cuente todo y veas la grabación. ¡Ha sido increíble!

Raúl continuó moviendo los brazos y las piernas sin mirar atrás.

———————————————————————

On’u’rr ordenó sus ideas antes de presentar su informe a la matriarca Ez’a’de, que flotaba delante suyo mientras examinaba el fragmento de la criatura que había descubierto en las capas livianas del éter de Un’a’ach. Los pensamientos fluyeron a través de sus palpos superiores, comunicando todo lo que le había pasado.

“Esto ha sido lo que ocurrió, matriarca. Me encontraba flotando en las capas livianas, ejercitando mi resistencia al frío y la liviandad para mi expedición a la cumbre Ma’e’ri, cuando descubrí escombros cayendo del cielo. Este tipo de sucesos no es extraño en las capas livianas, pero decidí investigarlo llevado por un impulso. Hinché mis sacos ventrales hasta que alcanzaron su volumen máximo y ascendí; entonces encontré algo increíble, algo maravilloso: ¡Una criatura celeste!

“En un primer momento, dudé si acercarme. ¡La criatura era capaz de producir luminiscencia! Eso fue lo que me dio la pista de que debía ser una criatura celeste. Muchos exploradores Un’a’ach han encontrado organismos diminutos que emiten luz en las cumbres más altas del planeta, así que entraba dentro de la lógica que una criatura celeste pueda emitir luz. Seguramente sus órganos visuales son más primitivos que los nuestros y necesitan ayudarse de fuentes de luz externa para poder moverse en su medio ambiente. Pido disculpas matriarca, no corresponde a mi casta elaborar esas teorías, pero sabe que siempre he estado muy interesado en los seres celestes.

“Al final me acerqué a aquella criatura que descendía con suavidad en el éter. No tengo palabras para describirla, matriarca; espero que con las imágenes de mi mente sea suficiente. Me pareció muy pequeña y horriblemente atrofiada; si no fuese porque emitía luz, no me habría llamado la atención y la habría tomado por otro escombro. Pero lo más sorprendente fue que detectaba vibraciones que venían de ella. Puede que fueran un método de comunicación, aunque dudo que esa criatura fuera inteligente. En todo momento, me pareció que actuaba por instinto y no por raciocinio. Pero me adelanto a los acontecimientos.

“Cuando llevaba observándola unos instantes ¡aquel ser se movió! Jamás me había sorprendido tanto. Al principio, pensé que podría ser un movimiento reflejo o alguna reacción de su cuerpo inerte. Pero no, ¡era vida! La criatura movía sus pequeñas extremidades, y con eso cancelaba la atracción de Un’a’ach, manteniéndose en la misma capa frente a mí.

“Como imaginará, en ese momento estaba ardiendo en deseos de poder comunicarme con ese ser. Si era inteligente, supondría… lo siento, matriarca, eso está más allá de mi casta para decidir, pero incluso un simple explorador como yo comprende la importancia de encontrar una forma de vida alienígena.

“Mi problema es que no sabía cómo comunicarme con esa criatura. Estaba delante de mí, moviéndose sin moverse, como solo nosotros los Un’a’ach hemos conseguido. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero al final aquel ser debió hinchar sus sacos ventrales, o su equivalente alienígena, y comenzó a ascender.

“En aquel momento, reaccioné por puro impulso, matriarca. O quizá era algo mayor que mí mismo lo que me hizo actuar. No podía permitir que una criatura tan extraña y maravillosa volviera al cielo sin intentar algo, al menos. Sé que no debería haberlo hecho y si la matriarca decide que debo ser castigado lo aceptaré. Pero no podía dejarla ir, sin más, así que la agarré.

“Al principio el ser se resistió, pero pequeño y débil como era, no podía hacer nada. Aumentó la frecuencia de las vibraciones que emitía, no sé si protestando o qué, pero al final dejó de resistirse y lo solté. Después de eso, volvió a sumergirse lentamente en el éter junto a mí.

“Aunque no son los de mi casta los que tienen que decidir, pienso que aquella criatura tenía algún tipo de inteligencia animal, y sentía o sabía que yo no quería hacerlo daño. Por eso permaneció conmigo. Supongo que eso fue lo que me hizo intentar acariciarla. No debería, pero ya la había tocado, así que podía arriesgar un poco más. Extendí mi apéndice frontal hacia su fuente de luz y la toqué. Se sentía muy caliente y era una sensación agradable, así que la acaricie varias veces, esperando que ello la calmara.

“Por lo visto, tuvo el efecto contrario, ya que se desprendió de parte de su sustancia y me la lanzó. Me recordó a como los te’u’sk se desprenden de su caparazón cristalino cuando crecen demasiado. El caso es que me sorprendió la violenta reacción de la criatura y retrocedí. Entonces se impulsó hacia el cielo a una velocidad que antes no había demostrado y que creo que solo un un’a’ach en plena forma podría igualar.

“No la seguí, pues sentía que la había asustado y forzado a usar esa parte suya como mecanismo de defensa para poder huir. Tampoco quería arriesgarme y subir a las capas livianas sin preparación, así que descendí para recoger la parte de su cuerpo que me había lanzado. Ese pedazo de la criatura es el que te presento, matriarca. Ahora no se parece en nada a cómo era cuando se separó de él; claramente, la criatura no puede vivir en las capas profundas, donde el peso del éter es mayor, y por eso el trozo ha quedado comprimido en este amasijo.

“¿Por qué descendió esa criatura, diferente a cualquier otra de Un’a’ach? No lo sé, quizá fuera algún propósito reproductor, o puede que fuera por puro ocio. Sabemos que los ar’d’on pueden jugar entre ellos y usan esos juegos para enseñar a las crías las normas de comportamiento del cardumen. Quizá esto sea algo parecido, no lo sé. Es algo que mentes mejores que la mía tendrán que decidir.

“Creo que no debía ser racional, pues sus actos eran movidos por el instinto. Y puedo asegurar que es la cosa más fea que jamás he podido encontrar, pero en aquel momento, la rareza de sus formas no me importaba; estaba fascinado ante un ser tan distinto a mí y agradecido a la madre Un’a’ach por haberme concedido el privilegio de encontrarlo. Mi vida puede terminar, pero siento que ya he hecho algo con ella.

“Eso es lo que pasó, matriarca, tal y como lo viví. Espero sus órdenes”. 

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