Relato: La puerta

Halah Kibb despertó e inspiró aire con lentitud. Se sentía muy cansada, con ganas de dormir hasta que no pudiera más; se preguntó si en realidad la muerte sería eso, un sueño del que nunca despertaría. Cerró los ojos por un instante e intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca y lo único que consiguió fue provocarse un ataque de tos. Estiró la mano y encontró la botella de agua situada al pie de su improvisado lecho. El temblor en todo su brazo, que no era capaz de controlar, hizo que derramara la mayor parte del líquido sobre su cara y pecho desnudo, pero le daba igual. Sentía que hoy era el día.

Hoy por fin abriría la maldita puerta.

El agua reciclada una y mil veces calmó su tos. Dejó la botella a un lado sobre la cama, mientras se incorporaba con dificultad. Halah solo tenía cincuenta y cuatro años pero después de casi tres décadas viviendo en aquel planeta condenado, subsistiendo a base de alimentos sintetizados y respirando una y otra vez el mismo aire, por su salud y aspecto parecía una persona de más de noventa.

Se incorporó lentamente, notando las protestas de sus articulaciones. La cama en la que había dormido durante la mayor parte de su vida no era más que los restos de tejido de un mono de trabajo, desgastado por los años, que tapaban una placa de acereno colocada —cuando todavía tenía fuerzas para hacerlo— sobre dos cajas de suministros vacías. Había fabricado la exigua almohada hace mucho tiempo con la tela sacada de las perneras de otro mono de trabajo, y el relleno eran los plásticos de las comidas de los kits de emergencia. Incluso con la mejor de las predisposiciones para juzgarla, aquella cama era chapucera, pero había cumplido su función. Todo en aquella lanzadera varada había cumplido su función, incluso la propia Halah.

Contempló los contenidos de aquella bodega, su hogar en los últimos veintiocho años, con la luz tenue y permanente de los focos de emergencia situados en las paredes. Al principio, le había costado dormir con aquellas luces que nunca se apagaban, pero en menos de un año habían dejado de molestarla. Observó con indiferencia el sintetizador de alimentos empotrado en la pared y la pantalla quebrada, mudo testigo de un ataque de furia hace quince años. Sobre varias cajas de suministros ya vacías se encontraban diferentes rocas traídas del exterior que había estudiado y clasificado hace años, cuando todavía le importaba. El terminal que le conectaba con la IA de la lanzadera estaba situado al lado de la cama, listo para ser usado. Finalmente, el único exotraje que quedaba intacto estaba tirado en el suelo, cerca de la puerta de la bodega.

Se rascó el cuerpo desnudo. Hacía mucho que había reciclado todas sus ropas para otros fines; además, en la temperatura constante de aquella lanzadera varada no necesitaba protección alguna. Y cuando salía de ella, el exotraje le protegía del calor y la hostil atmósfera exterior. Halah se levantó con esfuerzo, sintiendo un leve dolor en las rodillas. Se le pasaría después de hacer sus ejercicios, como siempre. Sin embargo, en esta ocasión la rodilla derecha le molestaba mucho más de lo normal. Con los años, había aprendido que eso era la señal de lluvias próximas y soltó una maldición en voz alta. Solo necesitaba un día más, dos como mucho, para abrir la puerta. ¿Por qué tenían que venir ahora las lluvias? En los últimos tiempos, el periodo lluvioso había sido cada vez más largo y violento, tanto que el año pasado tuvo que permanecer un mes encerrada en la lanzadera.

Maldiciendo de nuevo, comenzó su rutina de ejercicios estirando los brazos frente a ella y después dobló el cuerpo hacia abajo. Cuando llegó a la Tierra, era capaz de alcanzar la punta de sus pies; ahora le costaba pasar de las rodillas, y tardaba mucho más. A Halah eso no le gustaba, y no porque le recordara su edad, sino porque le daba tiempo para pensar.

Y todavía peor, para recordar.

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Cuando llegó a aquel sistema solar, perdido en el extremo de uno de los brazos de aquella galaxia común y corriente, lo primero que pensó Halah era que debía haberse equivocado. La estrella era vulgar, a apenas un millón de años de convertirse en gigante roja, y su sistema planetario carecía de cualquier cualidad extraordinaria. No por primera vez, se planteó contactar de nuevo con algún otro cientistoriador para que corroborase su investigación sobre los datos hallados en aquel disco duro casi fosilizado que halló en Howey-5. La reconstrucción de aquella información había tenido mucho de conjetura, pero había encajado casi milagrosamente con la teoría que había ido formando a lo largo de su carrera.

Si en aquel sistema solar perdido se encontraba de verdad la mítica Tierra origen de la civilización, sería el mayor logro desde la invención del motor pandimensional. Y no iba a compartir esa gloria con otros.

Además ¿qué podía pasar? Como mucho perdería unos días, una semana a lo sumo. Su estancia en la universidad de Roskov no comenzaba hasta dentro de un mes, tenía tiempo de sobra.

Trazó un rumbo en el ordenador de su cosmonave que le llevaría cerca de cada uno de los doce planetas que detectaba en el sistema, sobre los que trazaría un par de órbitas para examinarlos antes de pasar al siguiente. No pensaba que la Tierra fuese uno de los gigantes gaseosos o los helados planetas exteriores, pero era mejor ser minuciosa. La Tierra no era más que una leyenda, y a saber cómo habría cambiado el planeta después de varios millones de años, si es que de verdad había existido alguna vez.

Como suponía, ninguno de los planetas más alejados del sol se correspondía con las características de su codiciada presa. El cuarto planeta —primero tras el cinturón de asteroides—, parecía prometedor, pero las cantidades de metal que detectaba en su superficie y sus lunas eran demasiado bajas para que hubiese estado habitado por una raza inteligente. Sin embargo, el tercer planeta era diferente y su corazón se aceleró al ver las lecturas de los sensores.

Alta presencia de metales pesados en el único satélite del planeta y una presencia todavía más alta en el mismo, a profundidades geológicas que coincidirían con el apogeo de la Tierra de la leyenda. Pero el indicio irrefutable era la cantidad de objetos que orbitaban aquel mundo: millones de ellos, desde los más pequeños de apenas unos milímetros hasta dos que eran del tamaño de su cosmonave, sin duda estaciones espaciales permanentes ya abandonadas después de tanto tiempo.

Aunque no fuese la mítica Tierra, se trataba de un planeta del borde exterior que estuvo habitado en algún momento del último millón de años. Quizá la raza que lo habitó migró a otro sistema, o desapareció en algún tipo de catástrofe; en cualquiera de los casos, se trataba de un gran descubrimiento. El viaje había merecido la pena.

Halah repasó los datos que recibía del planeta. La atmósfera era irrespirable para ella por su baja concentración de oxígeno, y las temperaturas oscilaban entre los cincuenta y cinco grados de la zona ecuatorial a los veinticuatro de los polos. La mayor parte del planeta se encontraba cubierto por agua, exceptuando dos masas continentales y varias islas de gran tamaño esparcidas de forma irregular. Se dirigió al hangar para poner a punto una lanzadera y realizar una exploración más cercana. En cuanto encontrase un lugar que le llamara la atención o estuviera cerca de alguna ruina interesante, aterrizaría con la cosmonave.

Tenía todo el tiempo del mundo por delante.

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Halah se detuvo y apoyó una mano en la pared. Normalmente, los estiramientos con los que comenzaba su rutina de ejercicios no le causaban ningún malestar. Años de práctica le habían dejado más que acostumbrada. Pero por algún motivo que desconocía hoy se sentía mareada; incluso con los ojos abiertos notaba como el cubículo se movía. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda, cerrando los ojos. Con el paso de los minutos, fue sintiéndose mejor hasta que el mareo desapareció por completo.

Seguramente era a causa del hambre. Se planteó por un instante continuar con su tabla de ejercicios, al fin y al cabo ya había estirado, pero decidió que hoy se los saltaría. Al demonio, ya retomaría su rutina mañana. Levantándose con cuidado, se acercó hasta el sintetizador de alimentos y programó un desayuno fuerte. Tras unos instantes se abrió la portezuela del aparato, mostrando un plato con una masa sin forma de color amarillento que se suponía era unos huevos revueltos acompañados de una macedonia de frutas. Hacía mucho tiempo que a Halah ya no le molestaba la degradación del sintetizador: aunque nada de lo que programase tuviera ya la forma deseada y la calidad de los nutrientes fuese menor, esos alimentos le mantenían con vida incluso a pesar de los estragos que habían hecho en su organismo. Tomó el plato por hábito y, con mirada ausente, se sentó en la cama para llevarse con la mano porciones de esa masa a una boca en la que ya solo quedaban cuatro dientes.

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Tenía que haberse dado cuenta de que algo iba mal cuando cruzó el manto nuboso y comenzó a sobrevolar la parte central del continente. Desde los seis mil metros de altura a los que volaba, era evidente que los cráteres que cubrían aquella zona de la superficie no eran naturales. A pesar del tiempo transcurrido y la acción de la naturaleza, eran demasiado regulares y estaban demasiado juntos para ser producto de los meteoritos, y eso contando con que estos pudieran llegar intactos a la superficie y no se abrasasen en la atmósfera. No, aquella era otra cosa, y tuvo que reprimir su emoción ante lo que solo podían ser las cicatrices de un bombardeo planetario a gran escala.

Manipulando los controles de la lanzadera, descendió hasta los dos mil metros y contuvo el aliento ante el paisaje que se le revelaba, con kilómetros tras kilómetros de devastación. Su mente comenzó a divagar sobre qué podía haber causado tanto odio como para que una de las facciones que habitaron el planeta hace tanto decidiese exterminar a la otra. Porque la intensidad de aquel bombardeo solo podía haber tenido un resultado: la completa aniquilación.

Esa distracción fue la que le condenó.

Absorta en lo que veía en la pantalla, Halah no se fijó en el piloto parpadeante de su consola que alertaba de una pluma de fuego acercándose desde estribor. Era el testamento mortal de unos ingenieros capaces de construir un mecanismo de defensa que, miles de años después de ser construido, se había puesto en marcha al detectar una nave enemiga sobre su territorio.

El impacto anuló la gravedad artificial. Halah se encontró de repente flotando en el aire mientras la lanzadera caía en picado sobre el planeta.

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Tiró el plato al suelo. ¿Por qué le asaltaban aquellos memorias ahora? No necesitaba recordar cómo casi murió en el impacto. Si la gravedad no hubiese regresado en los últimos segundos, jamás habría podido maniobrar para evitar que el choque fuese fatal. Pero igualmente quedó varada en aquel planeta hostil, con solo el equipamiento de la dañada lanzadera para sobrevivir.

Y lo había logrado. Contra todo pronóstico y a pesar de todas las adversidades, había conseguido seguir con vida. Tras la desesperación inicial al comprobar que los motores de la lanzadera estaban destruidos y jamás podría alzar de nuevo el vuelo, el instinto de supervivencia le hizo canibalizar todos los componentes, para repuestos que usaría en los años venideros. Consiguió que la lanzadera siguiera funcionando gracias a las modificaciones que hizo del transformador Temzil de la misma, con las que logró hacer que funcionara con materia sólida y no solo con hidrógeno. Era un proceso más ineficiente y perdía mucha energía en forma de calor —aunque eso le vino bien para mantener la temperatura interior de la lanzadera—, pero era eficaz y si algo le sobraba en aquel planeta era materia sólida.

Después de una semana varada, había solucionado sus necesidades más acuciantes. El sistema de comunicaciones estaba destruido y no podía mandar órdenes remotas a su cosmonave pero, al menos, la lanzadera estaba transmitiendo un mensaje de auxilio automático por hiperonda. Halah no quiso pensar en las probabilidades de que alguien lo recibiera; no había avisado a nadie y se encontraba en un rincón de la galaxia por el que era difícil, por no decir imposible, que circulase otra nave.

Mejor no pensar en eso y concentrarse en el ahora. Tenía un refugio seguro en la lanzadera, cuyas grietas había sellado para aislarla por completo. Las modificaciones del Temzil le aseguraban energía para el sistema de soporte de vida y el sintetizador de alimentos, su única fuente de comida en cuanto se acabaran las raciones de emergencia. Si las racionaba, podían durarle un mes, cinco semanas a lo sumo. Después de eso, se tendría que apañar con comida sintetizada. Pero podría sobrevivir hasta que alguien escuchara el mensaje. Su mayor problema sería el aburrimiento.

Hasta que descubrió la puerta, claro está.

Su caída había añadido un nuevo cráter al paisaje, compuesto de fragmentos de roca desmenuzados hasta donde alcanzaba la vista. El sol caía con toda su crudeza, elevando la temperatura por encima de los cuarenta grados, sin que hubiese nada más que la lanzadera para proyectar una sombra. Por suerte, el exotraje funcionaba a la perfección y le aislaba del hostil ambiente exterior.

Después de solucionar los problemas más acuciantes de refugio y comida, Halah comenzó a explorar sus alrededores, con excursiones cada vez más largas, aunque no fue hasta la tercera semana que se atrevió a alejarse de la vista de la cosmonave. En dirección norte, encontró uno de los cráteres que había contemplado desde el cielo. De casi dos kilómetros de diámetro, la superficie era lisa y arenosa pero cerca del centro de la cavidad una parte del terreno se había desmoronado en algún momento del pasado, y el agujero resultante creaba un túnel de bajada por el que un explorador osado podría descender si tenía cuidado.

Tardó dos días en decidirse, y no emprendió el descenso hasta que improvisó una cuerda para ayudarse en el regreso. No sabía la profundidad del túnel, pero no estaba dispuesta a correr riesgos. Tras quince metros de descenso, llegó al fondo: una pequeña caverna, tenuemente iluminada por la luz de aquel agujero, con un extremo bloqueado por las rocas y otro abierto. Halah se acercó a este y un destello hizo que acelerara el paso, presa de una súbita emoción.

Incluso en su dramática situación —varada en un planeta hostil y sin posibilidades de rescate a corto plazo—, no pudo evitar un nudo en la garganta al sentir el tacto del metal a través del exotraje, como tampoco pudo resistirse a recorrer por aquel túnel, que estaba siendo usado de nuevo por primera vez en miles de años. Tras veinte minutos caminando, llegó a una habitación más amplia, con una capa de polvo de varios centímetros que levantó sin darse cuenta mientras contemplaba el interior. La luz de su casco iluminaba las paredes, metálicas como todas las que había encontrado hasta entonces.

Entonces vio la puerta.

El círculo de luz que producía su casco no le permitía iluminarla por completo, por lo que decidió romper uno de sus preciosos cilindros de luz química. La luz azulada y fría inundó la habitación y le mostró una puerta circular de tres metros de alto, unida sin fisuras a la pared; solo el color de la misma —un ocre azulado—, la diferenciaba. Pasó una mano por su superficie y el metal brilló por primera vez en quién sabe cuánto tiempo. Durante horas, examinó todos los detalles de la puerta, buscando algún panel de control o cerradura de algún tipo, sin éxito.

Cuando regresó por la noche, Halah ya había decidido que necesitaba saber qué había tras la puerta. Le serviría para matar el tiempo y sería su gran aportación a la cientistoria cuando saliera de aquella bola de barro. Con las herramientas modernas que tenía a su alcance, no le costaría mucho abrirse paso a través de ella.

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Los mareos se le habían pasado por completo, no así el molesto dolor en la rodilla que Halah ignoró mientras se ponía el exotraje. La mochila de carga estaba situada en la esquina, acoplada de forma artesanal a un cable de energía canibalizado de uno de los motores dañados. A su lado, tiradas de cualquier manera, estaban otras tres mochilas de carga cuya capacidad se había ido mermando con el tiempo. La que iba a usar era la última, pero solo tenía un año de uso; sus hermanas habían durado casi nueve cada una, así que no tenía que preocuparse por el momento.

Agachándose para acoplar la mochila a la espalda, gruñó por el esfuerzo al levantarse con ella puesta. Ignoró el dolor que recorría sus piernas y conectó los sistemas del exotraje, que al instante comenzaron a regular la temperatura del interior. Un toque en el panel de control del antebrazo selló herméticamente el traje; después, Halah abrió la puerta de la bodega que era su hogar para entrar en el pequeño pasillo que llevaba a la compuerta de salida. Antes de abrirla, puso en marcha el sistema de sellado de la lanzadera y el aire del pasillo fue succionado. Solo entonces salió a la superficie.

El cielo del planeta estaba cubierto de nubes, que se oscurecían en dirección este. En todos los años que llevaba en el planeta, solo había dos climas que hubiera conocido: sol abrasador o lluvia. Aquellas nubes eran el preámbulo de la lluvia, lo que corroboraba la predicción de su rodilla; eso le enfureció, pues le obligaría a dejar de trabajar en la puerta. Ahora, cuando estaba tan cerca. Frunciendo el ceño, siguió el camino que salía de la lanzadera y llegaba hasta el agujero en el cráter, un camino hollado y despejado por las miles de veces que lo había recorrido en todos esos años.

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Había pasado horas sentada frente a la puerta, observándola y estudiando sus más mínimos detalles. Era un círculo de tres metros de radio, con un leve achatamiento en la parte superior e inferior. La unión entre puerta y marco era perfecta, y nunca fue capaz de encontrar una fisura o marca de unión por la que pudiera siquiera intentar hacer palanca.

Lo que más le frustraba era no poder analizar en condiciones el material que componía la puerta. Era mucho más fuerte que el acereno, como demostraba su capacidad de aguantar horas de exposición al soplete láser sin sufrir mella alguna. Ninguna de las otras herramientas de las que disponía había servido para algo y, más de una vez, las había lanzado furiosa contra la puerta. Tras unos cuantos meses de esfuerzos sin éxito, tuvo que rendirse. Jamás iba a poder abrirla con aquellas herramientas.

No obstante, la pared sí era vulnerable.

Con los últimos restos de energía del soplete láser —que languidecía en una esquina de aquella caverna desde hace décadas— trazó un rectángulo en la cubierta metálica de la pared, del tamaño necesario para poder pasar por él cómodamente, a un metro exacto del límite de la puerta. La plancha de metal cayó al suelo con un ruido seco, levantando nubes de polvo y revelando un muro de roca detrás. Tragando saliva, Halah comenzó a perforar.

Aquella perforación le había ocupado la mayor parte de los veintiocho años que llevaba varada en aquel planeta. Cuando se estropeó el taladro neumático que utilizó el primer mes y no fue capaz de repararlo, comenzó a usar el pico de acereno. Centímetro a centímetro, fue penetrando en aquella roca en busca de los secretos que escondía aquella puerta. Fuese lo que fuese, tenía que ser muy valioso para haberlo protegido de aquella manera.

Los años pasaron y la salud de Halah se fue deteriorando lentamente, al igual que la lanzadera que la mantenía con vida. Una fuga de aire en el noveno año casi la deja sin oxígeno respirable y solo a través de un proceso de electrólisis casero usando agua de lluvia pudo reponer sus reservas. El sintetizador comenzó a fallar en el decimoséptimo año, y nunca pudo arreglarlo. La calidad de los nutrientes de la comida sintetizada no sería aceptada en ningún lugar civilizado, pero a ella le mantenían con vida. Después de tanto tiempo, ya ni le importaba la carencia de sabor.

Solo importaba la puerta.

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Y ese día iba a abrirla.

En las últimas semanas cada vez que perforaba con el pico, el sonido resultante era cada vez más hueco y aquello solo podía significar una cosa. Estaba llegando al otro lado.

Entro en la estancia de la puerta donde, iluminándose con el casco del exotraje, se dirigió a la esquina donde había montado unos focos, alimentados por el generador Temzil de reserva que había sacado de la lanzadera. No le importaba el riesgo que corría si fallaba el Temzil principal, que alimentaba todos los sistemas; necesitaba luz para trabajar y era la única forma de conseguirla. El túnel que había realizado tenía ya casi treinta metros de largo, excavados en la roca viva. Lo más seguro es que no fuese recto, pero aquello no le importaba ya a Halah.

Depositó varios trozos de los escombros que había extraído el día anterior en el compartimento de entrada del Temzil, hasta que este estuvo lleno. Cerró la compuerta y el aparato se puso en marcha con un leve zumbido. Halah se sentó y cerró los ojos mientras el Temzil desintegraba la materia sólida y aprovechaba la energía resultante para cargar sus baterías. A los pocos minutos los focos se encendieron, indicando que el proceso había concluido.

Con un suspiro, desconectó la luz de su exotraje y se levantó. Su rodilla derecha le castigó con un nuevo latigazo de dolor que le hizo apoyarse en la pared. Las paredes de roca desnuda fueron mudos e impasibles testigos de como apretaba los dientes hasta que el dolor remitió. Una vez más, pensó en dejarlo por hoy y descansar, pero ya estaba allí. Después de darse el esfuerzo de llegar hasta el cráter no iba a volver sin al menos echar una hora o dos trabajando.

Caminó despacio, poniendo el peso en su pierna izquierda, hasta la entrada de su túnel. Allí conectó un cable que colgaba de una irregularidad de la roca con otro que llegaba desde el Temzil, encendiendo un foco que tenía colocado al final del túnel. Tomó el pico que estaba en el suelo, ya desgastado hasta tener solo una cuarta parte de su longitud original. Así pertrechada y con paso vacilante, pero decidido, se adentró en el túnel.

Cuando llegó al extremo del mismo, pasó la mano por la pared. La roca que estaba encontrando en aquel punto era tan sólida como el resto del túnel, por lo que nunca tuvo necesidad de apuntalarlo. Sin embargo, cuando golpeó con el pico sobre ella, el ruido que producía era muy diferente, hueco. Dio un par de golpes más para escuchar aquel sonido antes de ponerse a trabajar. Sí, aquel era el día en que llegaría por fin al otro lado.

Levantó el pico y lo dejó caer sobre la roca. Repitió el movimiento una vez más, concentrándose para dejarlo caer en el mismo punto, y después una vez más. Los dolores y achaques de su cuerpo parecieron remitir a medida que se sumía en la rutina de la excavación. Cuando quiso darse cuenta, un trozo de roca del tamaño de su puño cayó al suelo. Buena señal. Lo apartó con una patada y continuó picando, totalmente concentrada en su tarea.

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Había comenzado un diario en su pad a las dos semanas de quedar varada, pero lo había destruido en un arrebato de furia unos meses después. Cuando se calmó, intentó buscar un método alternativo de plasmar sus pensamientos y avances, además de llevar la cuenta del tiempo.

Las grabaciones en el ordenador de la lanzadera fueron la solución. Durante varios años, dedicó la última parte de la jornada a grabar en el ordenador de a bordo un informe de audio con las actividades del día, sus avances en el túnel y cualquier cosa de interés. Pero todo aquello terminó en el duodécimo año.

Llevaba una semana encerrada en la lanzadera por la temporada de lluvias y se le ocurrió que podría ser interesante escuchar las primeras entradas. En cuanto escuchó su propia voz contando las esperanzas que tenía de ser rescatada, rompió a llorar y estuvo dos días sin comer y prácticamente sin moverse, sumida en una honda depresión.

En el tercer día, debilitada como estaba, pensó seriamente en dejarse morir. Después de doce años en aquel maldito planeta, las posibilidades de que la rescataran eran nulas. Moriría allí y no podía hacer nada para evitarlo, ¿por qué retrasarlo más? Su mirada ausente observó el techo de la bodega y el suelo, cubierto de suciedad y excrementos tras dos días sin salir. El lamentable estado de la bodega no le producía ni asco ni rechazo; ni el olor le molestaba ya.

Entonces se fijó en la puerta de la bodega y recordó la otra puerta. La Puerta. Moriría allí, sí, pero no sin antes saber qué guardaba. Su espíritu no podría descansar nunca si no lo conseguía.

Halah jamás volvió a hacer una nueva grabación. Desde entonces, vivió día a día, concentrada en sobrevivir para terminar el túnel y llegar al otro lado de la puerta. Esa obsesión se convirtió en el motor que le hacía despertarse cada día y le había mantenido con vida hasta entonces. A veces, pensaba que jamás llegaría al otro lado, pero apartaba esos pensamientos de su mente como quien retira la mano de una llama.
De forma inconsciente, sabía que la puerta le mantenía con vida. Sin ella, habría muerto hace muchos años.

—————————

Entonces, el pico se trabó. Halah sacudió la cabeza, perdida en sus pensamientos y se obligó a concentrarse y sacar el pico. Con un fuerte empellón lo retiró, revelando un hueco en la pared. Acercó su casco para examinar aquel espacio, un círculo irregular de unos diez centímetros y contuvo la respiración. Lentamente, extendió su dedo índice y lo introdujo en el hueco.

El dedo pasó sin resistencia hasta que sus nudillos chocaron con la pared. Había llegado al otro lado.

Un torrente de emoción le embargó por completo y Halah sintió las lágrimas aflorando en sus ojos. De forma instintiva, se llevó la mano a la cara para limpiarse y el topetazo en el cristal del casco le devolvió a la realidad. Se sentó en el suelo y respiró despacio varias veces hasta que se sintió más calmada. Lo había conseguido, no necesitaba apresurarse.

Observó el panel de control de su antebrazo, en el que aparecían sus constantes vitales. Su corazón seguía acelerado, pero ya se sentía mejor. Tan solo estaba ansiosa de ver qué había al otro lado. Se acercó al extremo del túnel y se arrodilló para que su cara quedara a la altura del hueco.

Lo único que pudo ver fue el suelo cubierto de polvo de la cámara contigua. Ni se le ocurrió pensar en por qué aquella pared no tenía una cubierta metálica. Lo único que había en su mente era la necesidad de ensanchar aquel hueco.

Con fuerzas renovadas y prácticamente fuera de sí por la emoción, agarró de nuevo el pico y se puso a la tarea. De forma mecánica, lo dejo caer una y otra vez cerca del agujero que había abierto hasta que cedió otro trozo de pared. Sonriendo como no lo había hecho en muchos años, Halah pasó la siguiente hora agrandando el hueco hasta que fue lo bastante grande para que pudiera introducir su cabeza.

Así lo hizo conteniendo la respiración, pero lo único que pudo ver fue la más completa oscuridad. Maldiciendo para sí, activó el foco del casco del exotraje y la luz se hizo en aquel lugar, puede que por primera vez en miles de años.

Se trataba de una habitación mucho más amplia que aquella en la que estaba la puerta. Con la luz de su casco, Halah alcanzó a ver los restos corroídos de dos vehículos a unos diez metros de la pared más cercana a su posición. Uno de esos vehículos era mucho más grande que el otro, pero el estado de ambos era lamentable; los examinaría cuando pudiera pasar al otro lado y determinar qué fueron exactamente. Puede que en lugar de vehículos hubiera hallado algún tipo de monumento, tenía que pensarlo.

Más allá de los vehículos, un nuevo túnel partía de aquella habitación; sin embargo, la luz de su exotraje no llegaba hasta el fondo. Aquello debía ser el acceso a las cámaras interiores en las se custodiaban los tesoros tras la puerta.

Sacó la cabeza del hueco y retomó la perforación con todavía más brío que antes. El pico caía sobre la pared de forma constante y febril, con Halah ignorando el dolor en sus brazos y piernas, el sudor que corría por su frente o el parpadeo rojo en el panel de su antebrazo por su acelerado ritmo cardíaco. Solo le importaba pasar al otro lado.

Tras un período de tiempo que, aunque quisiera, no podría precisar, soltó el pico y arrancó con las manos un último pedazo de la pared, ya debilitado por los golpes con la herramienta. El hueco tenía ahora el tamaño suficiente para que pudiera pasar su cuerpo y sin pensarlo, se metió por él.

La luz de su casco iluminó de nuevo la estancia mientras forcejeaba para introducir su cuerpo a través del hueco. Tuvo que retorcerse para pasar los hombros, pero luego el resto del tronco entró sin problema. Haciendo fuerza con las manos en la pared, pasó las caderas y después se dejó caer sobre el suelo, pues el hueco estaba a unos sesenta centímetros de altura. El golpe no le importaba, estaba eufórica y lo único que sentía era una pequeña molestia en el pecho.

Ya se le pasaría, lo importante era que había llegado al otro lado.

Se levantó y miró a su alrededor. La pared tras ella era de roca desnuda, y el otro lado de la puerta la observaba impasible. Se trataba de un círculo del mismo material que la interior, pero en esta ocasión una gruesa bisagra la unía a la pared en el lado opuesto de donde había abierto hueco. Halah se estremeció al pensar que, si hubiese ido por ese lado, jamás habría podido atravesar la bisagra, cuya parte fijada a la pared rocosa tenía cinco metros de largo y quién sabe cuántos hacia dentro.

Giró la cabeza, y el rayo de luz de su casco iluminó parte de los restos de los vehículos, que observó sin prestar demasiada atención. Habían estado esperando allí a que ella llegara durante miles de años, podían hacerlo un poco más. Se dio cuenta entonces de las pulsaciones de dolor que manaban de su rodilla derecha y la masajeó como pudo por encima del exotraje. Tras unos instantes, gruñó disgustada y comenzó a caminar, cojeando de aquella pierna. Quería ver lo que había al otro lado del túnel que partía de aquella habitación. Después descansaría.

Este túnel era diferente al que llevaba a la habitación de la puerta. Aquel era totalmente metálico, pero este estaba excavado en la pura roca, con algunas vigas apuntalándolo a intervalos regulares. Era un milagro que todavía estuviera en pie. Además, era mucho más largo y ahora que la alegría y la euforia había desaparecido, Halah sentía todo el cuerpo dolorido. Por si fuera poco, la pendiente ascendente era cada vez más pronunciada y le costaba caminar por él.

A pesar de todo, lo siguió recorriendo, tozuda. Calculaba que llevaba casi dos kilómetros andando cuando le pareció distinguir algo. Apagó la luz de su casco para estar segura.

Sí, ¡había claridad al final del túnel!

Apretando los dientes por el dolor que atenazaba sus extremidades, Halah aceleró el paso y corrió de manera torpe hacia aquella claridad. A medida que se acercaba, notaba que el túnel se doblaba a la izquierda y la luz venía de esa dirección. Cuando llegó a aquella curva y encaró el final, corrió con más fuerza, fruto de la obsesión por ver qué había al otro lado de la puerta.

Entonces, abrió los ojos maravillada y cayó de rodillas al suelo. Una vasta caverna iluminada se abría ante ella, con las paredes alejándose de la abertura a ambos lados hasta perderse en las alturas. Era tan grande que hasta tenía su propia climatología, pues el techo estaba cubierta de nubes grisáceas y oscuras. Halah lloró de gozo ante aquella maravilla; jamás habría imaginado lo que los constructores de la puerta le tenían reservado. Porque era solamente para ella, era su premio por tantas penurias y sacrificios.

Un pitido le sobresaltó, llevando su vista al panel de su antebrazo, en el que una luz roja parpadeaba de forma insistente y la gráfica de su ritmo cardíaco mostraba lo acelerado de su corazón. Intentó tranquilizarse y respirar cómodamente, pero no lo consiguió. Entonces, sintió como si una mano tomara su corazón y lo apretara, provocando un dolor terrible en el pecho.

Aterrorizada, Halah trastabilló hasta ponerse en pie. No, un infarto no. No ahora que ya había pasado la puerta. Caminó cuatro pasos hacia delante y un nuevo golpe de dolor le hizo caer contra el suelo. Un grito mudo surgió de sus labios mientras su corazón dejaba de latir y ella estiraba la mano en un inútil intento de llegar más lejos.

Lo último de lo que fue consciente Halah fue de las gotas de lluvia que comenzaban a caer sobre su casco.

Así expiró el último ser humano que hollaría la Tierra, sin saber que lo que había tomado por el interior de un gran caverna era, en realidad, la entrada de uno de los gigantescos refugios construidos por la raza humana para sobrevivir a una guerra que nadie ganó.

Mañana, más. ¡Feliz escritura!

Imagen: Josefin Brosche Hagsgård en Unsplash

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