Reseña: The War of Art, de Steven Pressfield

Ya he hablado anteriormente del libro The War of Art de Steven Pressfield, como uno de los siete libros que deberías leer si quieres ganarte la vida escribiendo, pero creo que es un libro demasiado importante como para limitarme a esa pequeña reseña, así que aquí traigo una más completa. Créeme, el libro lo merece.

La Guerra del Arte. Cambiando el orden del título del inmortal tratado de Sun Tzu, Pressfield ha creado un clásico de lectura obligada para todos lo que perseguimos una vocación artística. Yo lo conocí gracias a una recomendación de Joanna Penn en su blog de su «secuela», Turning Pro, y lo compré hace ya más de cuatro años. Desde entonces, lo he leído y releído varias veces, descubriendo matices nuevos en cada lectura o comprobando como mi percepción del libro cambia a medida que acumulo kilómetros como artista.

En el libro, Pressfield comienza revelando un secreto que los aspirantes a escritor desconocen y que solo conocen los auténticos escritores: escribir no es difícil, lo que es difícil es sentarse a escribir. Lo que evita que nos sentemos es la Resistencia y dar un nombre a esa fuerza negativa que intenta que no creemos es uno de los grandes logros del libro.

Piénsalo. ¿De dónde vienen esas ideas que te asaltan cuando estás escribiendo/pintando/componiendo/etc? Estoy seguro de que no soy el único que se ha sorprendido cuando ha escrito algo tan genial y tan simple que piensas que no puede ser cierto que haya salido de ti. En esta bitácora o en redes sociales, he mencionado en varias ocasiones cómo asusta lo bien que trabaja tu subconsciente y cómo la solución al problema que enfrentas ahora la plantó hace muchos capítulos, sin que te dieras cuenta.

Para Pressfield, esas ideas vienen de un plano superior. Por resumir, nos quedaremos con la imagen clásica de las Musas que cita en su libro. Son ellas las que nos susurran las ideas y hacen posible que creemos algo de la nada. Además, las Musas se complacen cuando nos ven trabajar y favorecen a aquellos que se sientan cada día frente al teclado/lienzo/partitura/etc para hacer su trabajo. Si has creado alguna vez, sabes que eso es cierto y que solo cuando estás concentrado de verdad en tu trabajo es cuando las ideas y la genialidad surgen, sin que uno sepa por qué.

Ahora ya lo sabes.

Conoce a tu enemigo

Pero al mismo tiempo que esa fuerza positiva intenta ayudarnos, hay una fuerza negativa cuyo objetivo es apartarnos de nuestra vocación, distraernos y evitar que hagamos nuestro trabajo. Pressfield da nombre a esa fuerza: Resistencia. Cada vez que encuentras excusas para no escribir, que pospones tu vocación por cualquier motivo, estás sucumbiendo a su poder. Y la Resistencia es muy poderosa, pues no viene del exterior sino de nosotros mismos. Cada gramo de energía que posee viene de nosotros; le damos poder con nuestros miedos y temores.

Puede que te parezca demasiado exagerado otorgar tanta personalidad a la Resistencia. Al fin y al cabo no pasa nada si dejo de escribir mi libro unos meses y los dedico a acabar la carrera, ¿verdad? Pero si quieres hacer de la escritura tu vida, no puedes aplazarla, del mismo modo que no puedes aplazar tu vida. El mejor momento para cambiar las cosas siempre será ahora, porque ahora es el único momento que jamás tendrás. Ayer ya pasó y mañana no ha llegado; si quieres cambiar las cosas para lograr la vida que siempre soñaste, tienes que hacerlo ahora.

Pressfield dedica toda la primera parte de su libro a examinar la Resistencia, para que podamos reconocer sus síntomas y los aliados con los que trabaja para detenerte. La racionalización es uno de ellos, y nuestras familias y amigos pueden ser otro, como cuando te dicen que dejes tu sueño de la literatura y busques un «trabajo de verdad». Es difícil refutar ese argumento, por lo que la Resistencia se aprovecha de ello y del amor que tienen tus familiares por ti.

Es muy duro aguantar esos ataques, pero debes hacerlo. Cuando un escritor comienza a vencer a la Resistencia —en otras palabras, cuando se pone a escribir—, puede encontrarse con que los más cercanos a él comienzan a actuar de forma extraña. Puede que estén de mal humor o tristes, puede que se pongan enfermos, puede que acusen al escritor en ciernes de «haber cambiado» o de «no ser el que era antes». Cuanto más cercanas sean esas personas al escritor en ciernes, más extraño actuarán y más emoción pondrán en cada uno de sus actos. Ahí debes ser implacable y resistir, sin echar la mirada atrás. Una vez que has logrado escapar, no puedes retroceder, porque la Resistencia puede ser derrotada.

Si la Resistencia no pudiera ser derrotada, no tendríamos una Quinta Sinfonía, ni un Romeo y Julieta, ni un puente del Golden Gate. Como bien apunta Pressfield, derrotar a la Resistencia es como dar a luz. Parece absolutamente imposible hasta que recuerdas que las mujeres lo han hecho, con ayuda y sin ayuda, desde hace cincuenta millones de años.

Sé un profesional

La segunda parte del libro la dedica Pressfield a la profesionalidad. Los aspirantes a artista que son derrotados por la Resistencia comparten un rasgo en común. Todos piensan como aficionados. Todavía no se han convertido en profesionales, entendiendo esa calidad de profesional como un ideal, el del profesional en contraste con el aficionado.

El aficionado juega para divertirse. El profesional juega para vivir. Para el aficionado, el juego es su pasatiempo. Para el profesional, es su vocación. El aficionado juega media jornada, el profesional juega la jornada completa. El aficionado es un guerrero de fin de semana. El profesional está ahí siete días a la semana.

La palabra amateur proviene de una raíz latina que significa «amar». La interpretación normal es que el aficionado persigue sus sueños por amor, mientras que el profesional lo hace por dinero. No es como lo ve Pressfield, que sostiene que el aficionado no ama el juego lo suficiente. Si lo hiciera, no sería una actividad secundaria, diferente de su vocación «real». En cambio, el profesional lo ama tanto que dedica su vida a ello. Se compromete a tiempo completo y cobra por ello, porque con eso es lo que da de comer a su familia.

Esto es importante, y Pressfield lo recalca un par de veces: el profesional, aunque acepte dinero, hace su trabajo por amor. Tiene que amarlo, de otra manera, no consagraría su vida a él por propia voluntad. El profesional ha aprendido, sin embargo, que demasiado amor puede ser malo. Demasiado amor puede ahogarle. El aparente distanciamiento del profesional, la sangre fría en su comportamiento, es un mecanismo de compensación para evitar que ame el juego tanto que se paralice. Hacerlo por dinero o adoptar la actitud de alguien que lo hace por dinero, reduce el riesgo de que la Resistencia lo alcance.

En ese sentido, me gusta la metáfora que hace Pressfield del escritor o artista como un soldado de infantería, que sabe que el progreso se mide en metros de tierra arrebatados al enemigo y pagados con sangre, día a día, hora a hora y minuto a minuto. El artista lleva botas de combate porque pensar en ti como un mercenario, un arma de alquiler, implanta en ti la humildad necesaria y purga de tu alma el orgullo y el engreimiento, que a la Resistencia le encantan. La Resistencia dice «Muéstrame un escritor que es demasiado bueno para hacer el trabajo X o el encargo Z y te mostraré a alguien al que puedo romper como una nuez».

Cuando dejas de ser humilde sin haber realizado —en forma de trabajo— el sacrificio necesario para ello, la Resistencia te tiene en su poder. Entonces es cuando te crees por encima de otros y te dedicas a hacer lo que crees son críticas constructivas. Pero las críticas constructivas no tienen valor cuando vienen de alguien que no ha construido nada en su vida.

El reino superior

En la tercera parte del libro Pressfield cita un verso de William Blake: «La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo». Según esto, la eternidad es el reino superior donde pueden habitar, o no, seres incórporeos que pueden ser consciencias puras o espíritus, pero que tienen la capacidad de «enamorarse», de disfrutar con lo que seres limitados a tiempo y espacio como nosotros podemos traer a la existencia física dentro de nuestra limitada esfera material. Esa es una imagen poderosísima: lo eterno comunicándose con lo transitorio.

De ahí podemos pasar a la imagen de las Musas como canales de comunicación entre ambas esferas, susurrando al oído del artista las palabras/imágenes/notas que este «crea» después. O quizá no las crea, quizá su trabajo es dar existencia física a algo que existía en potencia en otro plano, y que esperaba la llegada de la persona adecuada para traerlo a nuestra realidad. De realizar esas «creaciones del tiempo» que enamoran a la eternidad.

El artista es siervo de ese trabajo y su enemigo es la Resistencia, cual dragón que protege su tesoro. Por eso, el artista debe ser también un guerrero y, como todos los guerreros, adquirir con el tiempo modestia y humildad. Puede que algunos artistas se manejen de manera ostentosa en público, pero a solas con su trabajo son humildes. Saben que no son la fuente de las creaciones a las que dan ser. Solo ayudan; solo las llevan dentro. Son los instrumentos voluntarios y especializados de los dioses y diosas a los que sirven.

Esta tercera parte es quizá la más mística del libro, pero sirve para redondear una obra que recomiendo a todo aquel que tenga impulsos creativos. Puede que cambie tu percepción de la creatividad y todo lo que le rodea, o puede que no. De lo que estoy seguro es de que te va a hacer pensar, y mucho, en ti, en tu proceso creativo y en cómo afrontarlo.

Solo por eso ya merece la pena.

¡Feliz escritura!

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